El origen de mis reflexiones de hoy las podéis encontrar en la rocambolesca vida deportiva del jugador de fútbol Carlos Henrique Raposo, conocido como el “Kaiser Brasileño”. Un resumen de su devenir por no pocos clubes de fútbol en tres continentes lo podéis encontrar en este enlace.

Lo que a mí me importa de la historia es que, después de más de veinte años como jugador profesional, se convirtió en el número del mundo en lo que era realmente bueno: en no jugar. Desconozco si la afirmación de que no llegó a jugar ni un solo minuto en toda su carrera es cierta o no pero lo que sí está constatado son todas sus argucias para evitar en todo momento saltar al terreno de juego, a fin de cuentas para lo que le contrataban los clubes.

La habilidad que si está perfectamente constatada era la capacidad de relación pública, el cuidar con esmero a aquellos que podían asegurarle nuevas oportunidades “de negocio” y por supuesto a determinados periodistas que, con un solo titular, podían generar demandas de un producto tan irreal como lo era este no-jugador de fútbol.

Siempre me acuerdo de mis alumnos e incluso ya egresados de la Escuela y la difícil situación con la que se encuentran al terminar sus estudios (que no de estudiar, porque si son buenos alumnos, y créanme, muchos lo son, no dejarán de estudiar nunca).

La imposibilidad de encontrar empleo cerca de sus habituales lugares de residencia les obliga a pensar en la aldea global como una oportunidad. Ello les supone trabajar normalmente en una lengua que no es nativa y en entornos culturales que seguro son diferentes a los que los han visto crecer.

Son muchos los valientes, los que dan ese paso adelante y que les hace en un principio vulnerables ya que se mueven fuera de su zona de confort. Este paso les obliga a aprender, a crecer, tanto en conocimiento como en competencias. Y aquellos que son cabezotas, que persisten y que no desisten, finalmente tendrán el sentimiento de satisfacción personal. Habrán sido capaces de lograr lo que deseaban y de conseguir el futuro que habían imaginado en sus cabezas.

Football soccer match for children. Kids waiting on a bench.

Por el contrario, existen determinados estudiantes que no quieren ver la realidad por miedo a sentirse vulnerables, por miedo a tener que moverse fuera de su entorno controlado. Es en este punto en donde aparecen auténticos “káiser de la ingeniería”. Se trata de estudiantes que desarrollan una capacidad sorprendente de plantear excusas, necesidades de formación adicional, etc., que les permiten seguir viviendo un tiempo adicional o extra como estudiantes, o lo que es lo mismo, seguir en el banquillo mientras que el cuerpo y la financiación familiar aguanten.

Puede que a corto y medio plazo les funcione, que la falta de responsabilidad y de toma de decisiones no tenga más consecuencias que tener que inventarse excusas con terceros a los que tengan la obligación de rendir cuentas.

Lamentablemente, no se dan cuenta que el tiempo corre inexcusablemente en su contra. En la etapa de la vida en la que están tienen, entre otras cosas, años por delante. Años que pueden llenar de ensayos y errores, de posibilidad de equivocarse y aprender con ello. Años en los que probar lo que les gusta y que les hace felices, de llega a saber qué hacen mejor. En definitiva, es una época en la que se tiene la oportunidad de nuevas experiencias y de posibilidad de crecimiento personal.

Quizás porque haya jugado al baloncesto y donde menos me gustaba estar era en el banquillo me solivianta ver gente joven que, lejos de hacer el gesto de salir a la cancha ante la menor insinuación del entrenador,  se esconden y retroceden posiciones para evitar lo inevitable. El partido de la vida lo tenemos que jugar en primera persona.

Como bien me conocéis, soy persona positiva así que terminaré celebrando a todos aquellos que salen a jugar y a aprender jugando. Y a aquellos que no han jugado los animo a dejar el banquillo y se demuestren a sí mismos de lo que son capaces.