Hay temas, cuestiones, circunstancias y hechos que nos nos dejan indiferentes, o al menos así debiera ser. Y en este sentido, a lo largo de los últimos años he interiorizado y hecho mío el convencimiento de lo importante que es la formación de cualquier estudiante, universitario o no, en la cooperación al desarrollo y la implicación personal y desinteresada en proyectos de alcance social.

Buena culpa de ello la tiene mi amigo y compañero Javier Ordóñez quien, despacio y sin ruido, ha ido creando una conciencia de cooperación en nuestros alumnos de los últimos años de ingeniería, algunos de los cuales, tras decidir realizar sus proyectos fin de carrera bajo la modalidad de proyectos de cooperación, ya nunca serán los mismos.

Detrás de este tipo de proyectos, además del soporte documental, cuya preparación encuentra dificultades añadidas como es la de trabajar a caballo entre dos mundos, hay muchas horas de ilusión, aventura, atrevimiento y sobre todo, muchas horas de trabajo realizadas fuera de la zona de confort. Éstas valen su peso en oro, ya que son las que nos hacen más grandes y más capaces. Si además, se emplean con objetivos altruistas y con el sólo interés de mejorar la calidad de vida de otros, hacen que la persona que se embarca en estos proyectos crezcan en esa dimensión tan necesaria para conseguir una sociedad justa y solidaria.

Ando con un libro entre manos que trata sobre arqueología, viajes, religiones, confesiones y tolerancia. En él he podido leer una frase que me ha encantado: “quien no puede comprender una mirada, difícilmente entenderá una larga explicación“. Pues bien, en el mundo de la cooperación hay muchas miradas. Miradas de agradecimiento, de reconocimiento, de compromiso, de complicidad, de inconformismo y de lucha. Si con un Proyecto Fin de Carrera se consigue que un  solo alumno aprenda y entienda que hay detrás de una de estas miradas, habrá sido la mejor de la maneras de completar la formación de un ingeniero.