Mi buen amigo Victor, conocedor de que soy persona que entra al trapo con facilidad, me mandó un artículo, adelanto de una futura publicación de título “Vivir deprisa no es vivir, es sobrevivir”, de Carl Honore. Sabía que era solo cuestión de tiempo que me animase a escribir unas nuevas líneas sobre el tema, en absoluto baladí, y que condiciona ya no solo nuestra forma de vida, sino el cómo vivimos.

Y como anillo en dedo, como horma al zapato, ha coincidido con unas semanas en mi vida en las que he podido ralentizar el ritmo diario, la velocidad de crucero, olvidar las malas consejeras prisas y el creer que no se puede parar.

Lo cierto es que los momentos se disfrutan cuando el tiempo no les achucha, cuando dejamos oír lo que pasa, cuando dedicamos los sentidos a disfrutar lo que la vida nos brinda. Y para ello, tenemos que, de forma elegante y a la vez tajante, decirle a las prisas, como si fuésemos Mariano José de Larra, “vuelva usted mañana”.

Las prisas, lo mismo que la velocidad, pueden ser el enemigo número uno de la vida, como lo son de la fotografía, capaz de echar a perder el mejor de los momentos inmortalizándolo como un borrón, como una mezcla de colores sin sentido alguno. En el artículo que cito no destierra totalmente la velocidad, pero nos invita a usarla cuando es necesaria y por supuesto, de forma limitada en el tiempo.

reloj-blando-de-salvador-dali-Los relojes blandos. Salvador Dalí (1931)

Es ahora cuando me acuerdo de mi hijo Germán, al que le insisto a menudo con que “el jugador de baloncesto más rápido no lo es porque siempre vaya veloz, sino porque emplea la velocidad cuando hace falta”. Entendida así, la velocidad enriquece, aporta y añade valor. Por contra, una velocidad mantenida nos hace previsibles, monótonos, agota nuestras reservas y por supuesto cautivos de la ecuación espacio–tiempo, y es entonces cuando la vida deja de tener el sentido profundo que la hace irrepetible.

La vida es la suma de momentos, y estos momentos son más grandes cuanto menor es la velocidad con las que los vivimos. Necesitamos poder sentir, respirar, disfrutar y compartir los momentos que nos dirán que vida hemos tenido, y para eso necesitamos todo menos prisa.

Estoy convenido que saber usar la vida es darle tiempo a los momentos que se nos brindan. Quizá por ello hay una canción de Joan Manuel Serrat, seguro que escrita sin prisas, a la que le tengo especial cariño y que dice:

De vez en cuando la vida
afina con el pincel:
se nos eriza la piel
y faltan palabras
para nombrar lo que ofrece
a los que saben usarla.

Espero que no tuvieseis tanta prisa como para no llegar a estas últimas líneas. Líneas que son de agradecimiento a todos aquellos que me invitáis a hacer cosas, y a vivir momentos… despacio.