La reflexión, la pausa, la meditación, siempre han sido elementos esenciales en el desarrollo del ser humano. Contradictoriamente, como nuestra propia naturaleza, cuando le hemos arañado un puñado de años a nuestra esperanza de vida y disponemos de más años, vivimos con la sensación de no poder parar apenas un minuto a riesgo de que la vida se nos vaya entre los dedos como trago de agua cogido en la fuente.

Y si hay algo que merece la pena es eso, el pararse e imaginar dónde queremos ir, adónde queremos llegar y lo que es más importante, cómo queremos hacerlo (la vida no tiene sentido como meta a alcanzar, sino como camino que recorrer).

Hace no mucho tiempo, uno de mis alumnos, en una conversación sobre el qué hacer y cómo hacerlo, me hablaba de sus limitadas opciones… ¡A los veintidós años! … Insistía en que las decisiones que tomó a los dieciocho ya lo condicionarían de por vida. Craso error.

Toda una vida por delante, mil caminos por recorrer, mil decisiones que tomar, que errar, que superar, de las que aprender. Quizás por deformación profesional defiendo a capa y espada qué es a la reflexión y a la toma de decisiones a la que hay que dedicarle tiempo, y tiempo de calidad.

Y por supuesto, nunca es tarde si nuestro día a día no es lo que queremos. Si nuestro día a día no es lo que soñábamos.

Vivimos en un mundo lleno de oportunidades, a las que hay que “darles una oportunidad”. Tómate tu tiempo, para y piensa. Lo mismo lo que tienes delante es un cruce de caminos en el que, si eres valiente, puedes iniciar el camino que siempre añoraste. Tenemos miedo a los cambios (miedo que con los años crece), pero más miedo debemos tener a las decisiones que no tomamos, e incluso a las oportunidades que ni nos imaginamos.

Se valiente, si tu presente no te gusta, si lo que estudiaste no te llena, si la profesión no te atrae, decídete a romper con lo que crees que te condiciona de por vida. Y hazlo desde una reflexión interior, ayudado por la gente que te rodea, pero siempre en primera persona.