La vida la llenamos de deseos, de aspiraciones, de objetivos, de metas,… Muchos de ellos, no sé bien porqué, los dejamos pasar sin hacer otra cosa que haberles dedicado un pequeño momento en nuestro pensamiento, o en nuestro corazón.

Sólo unos pocos son los agraciados, los elegidos, los únicos que son dispuestos en la parrilla de salida de nuestras acciones con la fé de conseguirlos tras emplear todas las fuerzas (o eso creemos).

Pero estas líneas no quieren hablar o contar lo importante que es el acometer las cosas con ilusión, empuje y fe. Hoy quiero escribir sobre cómo podemos hacer las cosas, y como transmitimos parte de nuestro ser, de nosotros, en esos momentos en los que “estamos haciendo”. Arrancan nuevamente estas líneas después de ver otro corto de animación, de título “La Luna”, producción de Disney Pixar.

Comparten escena nada más y nada menos que tres generaciones (uno de los mayores regalos que nos puede brindar la vida, lo digo por experiencia). Cada una de ellas con sus años a cuestas, alguna con menos, otra con más, pero todas participando de la complicidad que da el haber compartido momentos y vivencias.

Una simple tarea, barrer, es acometida de muy distinta manera por cada una de las dos generaciones predecesoras, utilizando distintas herramientas y realizando muy distintos movimientos. Ambas consiguen limpiar aquellas zonas que han de estar despejadas. Las formas de trabajar nos identifican de manera tan evidente que incluso nos pueden inducir a mimetizarnos con ellas.

El problema surge, si puede llamarse problema, cuando los dos mayores tratan de que el más joven acometa la gran tarea de barrer. Se esfuerzan es mostrarle que su técnica y método son únicos e insuperables.

Lo cierto es que, como para casi todo en la vida, existe una tercera y válida forma de hacer las cosas (seguro que muchas más).

Parecería obvio e inmediato pero el muchacho es capaz de realizar lo que deseaba por varias razones: fue capaz de observar, de analizar, de reflexionar y en definitiva de abordar de una forma positiva y emprendedora con objeto de encontrar soluciones (ya no solo para barrer).

Son muchas las formas de calarse una gorra, es más, podemos optar por no llevarla, pero lo cierto es que es necesario sumar, por poco que sea, para que ésto siga creciendo en la dirección deseada.