Ocurrió lo esperado

Tal y como anticipé, y tras disfrutar de una agradable e intensa tertulia, se confirmaron mis presagios: de casi todo sabemos casi nada. Me permito utilizar la primera persona del plural para que al menos me quede una salida: “mal de muchos, epidemia”.

Bromas aparte, aunque yo siempre aconsejo no apartarlas de nuestro día a día que son las que le darán sentido a lo que hagamos (recordemos al gran Charles Chaplin que aseguraba que un día sin sonreir es un día perdido), y sabiendo que es difícil saber de todo, se antoja fundamental el desarrollar la capacidad de escuchar.

Si somos capaces de escuchar creceremos en conocimiento, pero lo que es más importante, lo haremos también en prudencia una vez que conozcamos más puntos de vista y las circunstancias, hechos y vivencias que los han generado.

En esta ocasión pudimos debatir entre otras cosas sobre la zona gris. Sí, ese espacio de relación entre sociedades, países, individuos, facciones, tribus y demás entes presentes en el planeta tierra y que no están regulados, ni legislados, ni conveniados ni todo lo contrario.

Esos espacios que utilizan los distintos agentes para luchar contra los sistemas y en pro de los sistemas. Y lo hacen precisamente en estas grietas del sistema por no ser posibles las respuestas inmediatas (por imprevistas) ni existir procedimientos que las activen.

Estas zonas grises existen a cualquier escala, macro y micro. Están presentes en la geo-estrategia internacional pero también en las relaciones entre individuos y sociedad.

Estos días he podido aprender sobre estas últimas y la utilización de las redes sociales. La utilización de las mismas para valorar o decidir sobre cualquier aspecto puede chocarse de frente con un hecho irrefutable: las redes sociales no lo son tanto.

Un dato: más del 50% del tráfico en las redes tiene origen autómata, esto es, ha sido generado por un “bot” (denominación abreviada de robot). Eso siempre que el hecho no sea objetivo de los bots. En ese caso el porcentaje de representación real de la sociedad puede quedar relegado a lo anecdótico.

Apenas terminar de leer estos hechos objetivos traté de dedicarle algo de tiempo a entender el funcionamiento de los bots. Me preocupó enormemente esta otra gran laguna de mi conocimiento, en absoluto baladí  si tenemos presente que está influyendo en el devenir de la historia.

Como todo en la vida, existen bots benignos y otros que no lo son tanto, unos orientados a meros objetivos comerciales y otros desarrollados para crear y reforzar corrientes de opinión. Sobre estos últimos, el problema se acentúa cuando construyen a partir de noticias falsas. Esas que ahora parecen preocupar a Facebook habiéndose obligado a rescatar masivamente  la figura del fact-checker (o comprobador de hechos publicados).

La historia se caracteriza por ser cíclica y por ello muchas circunstancias y hechos se vuelven a reeditar al cabo de mucho tiempo. El periódico Times decidió en el año 1923 contratar a la primera periodista dedicada a chequear la veracidad de las noticias, Nancy Ford. Había nacido un nuevo oficio: fact-checker. En el año 1993 se creó el Bureau of Accuracy and Fair Play, en el que participaron Ralph Pulitzer, hijo del afamado Joseph Pulitzer, y Isaac White, cuyo objetivo principal era tal y como se recoge en acta fundacional “stamp out fakes and fakers” (sacar a patadas las mentiras y a los mentirosos del mundo del periodismo).

Una ocupación que había desaparecido del mapa laboral y que gracias a las redes sociales vuelve a estar presente y hacerse necesaria. Aunque esta vez el reto se antoja mucho mayor debido al efecto multiplicador que tienen las redes sociales y nuestra dependencia de la nube en las que los efectos perseguidos corren cual pólvora encendida. Y por ello siempre será tarde, por muy pronto que se actúe.

Para finalizar estas líneas vuelvo a rescatar un verso perdido de Serrat: “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”. Pero no lo olvidemos, todos tenemos un poquito de responsabilidad en que esa verdad sea algo mejor.