Nuestras Raíces

Debemos de conocer nuestras raíces y cuidar la tierra que las alimentan. No se entiende árbol sin raíces y no debiera entenderse una sociedad sin raíces. Las raíces nos hacen respetar y amar la tierra en la que crecemos, en lo que se ve y lo que no.

Las raíces crecen según la relación que se tiene con la tierra y el medio. De todos es bien sabido que un árbol crecido en abundancia de lluvia y con tierras someramente ricas, desarrolla un sistema radical superficial que no estará preparado para aguantar fuertes temporales de viento. Lo mismo nos ocurre a nosotros. Si para crecer no tenemos dificultades, todo lo obtenemos sin sacrificio y sin cultura del esfuerzo formaremos una sociedad a partir de personas mucho más débiles y frágiles. Y esa sociedad tiene cuando menos un futuro incierto.

Cuando se crece y se sale adelante las raíces terminan por hacerse fuertes así como el cariño a la tierra que nos da sustento. Nos mostraremos respetuosos y agradecidos con lo que tenemos. Cuidaremos nuestro entorno y trataremos de preservarlo para que generaciones venideras tengan cuando menos las mismas oportunidades que nosotros tuvimos.

Hay una generación de jóvenes que habla con hastío de su tierra, de sus malogradas raíces. Se quejan de tener que irse buscando tierras mejores. Este sentimiento de desapego los tienta a no cuidar la tierra en la que no ha sido posible enraizar (nada más triste).  Deberíamos de tratar de entre todos mejorar esa tierra: eliminando lo dañino y baldío, cambiando lo mejorable y manteniendo e incrementando lo bueno.

No olvidemos que formamos parte activa de nuestro paisaje y no podemos caer en aquella situación en la que un orador le preguntaba en primera instancia a su audiencia si querían cambios a lo que todos contestaban afirmativamente. La desilusión llegaba cuando el mismo orador se volvía a dirigir a la misma audiencia y les preguntaba quien estaba dispuesto a cambiar, a lo que la mayoría respondía con una mirada esquiva.

La humanidad cambia y cada vez es más cierta e intensa la globalización. Esto debiera debería hacernos pensar que nuestras raíces, la de todos los seres humanos, crecen en la misma tierra. Es la tierra como planeta la que tenemos que cuidar y mimar para que podamos crecer todos los que la habitamos, hayamos nacido donde hayamos nacido. Quizás sea bueno que visualicemos nuestro planeta como aquel que visitó el Principito en uno de sus viajes.

No hay una cosa más triste que una sociedad que haya perdido sus raíces. Será una sociedad vagabunda en búsqueda de otras tierras en las que enraizar. Y hasta que sea así será una sociedad peligrosa, con nada que perder, nada que amar, nada que preservar.

Urge por tanto que aprendamos de una vez que es la misma tierra la que a todos nos da sustento, en la que podremos echar raíces y en la que debemos de tratar de ser felices. Todo ello sin olvidar aquellas tierras que nos vieron nacer y crecer, nos vieron caernos y levantarnos. Esas tierras a las que a menudo volvemos y que identificamos como parte de nosotros, que miramos con respeto y deseamos que sigan siendo lo que fueron porque, simplemente, nos permitieron ser felices.

Y todo ello sin perder la sensación de libertad, de ser capaz de viajar, de conocer nuevos horizontes que nos regalen nuevas luces. Estas experiencias nos ayudaran a saber quiénes somos y la fortuna de nuestras raíces.