En los últimos años hemos experimentado un cambio importante en las universidades españolas centrado esencialmente en la estructura de los planes de estudio, grados y másteres, con la excusa y/o justificación de mejorar la movilidad y el reconocimiento de nuestros titulados en primera instancia en Europa y más allá, allende los mares.

Pues permítanme una breve reflexión. La estructura de los títulos, los contenidos y materias y toda su configuración son en cierto modo importantes pero en absoluto determinantes en cuanto a la calidad de los futuros titulados. Por encima de todo ello queda el cómo se entiende que hay que estudiar un título universitario, en definitiva, la actitud del estudiante a la hora de hacer un grado y en su caso un máster.

Escuchaba el otro día en la radio una entrevista a un artista flamenco de reconocido prestigio internacional y me encantó una de las reflexiones que hizo: “nos están vendiendo el camelo de la igualdad y eso es lo mismo que negar la condición humana”. Insistía en que ni todos somos iguales, ni tenemos el mismo talento y lo que decía más importante, no todo el mundo está dispuesto a sufrir y a renunciar para crecer.

Perdonen el cierto tono elitista, pero la sociedad, y especialmente aquella que aspira a copar las primeras plazas de las sociedades centradas en el conocimiento, necesita de una elite preparada y capaz, con iniciativa, ocurrente y valiente a la hora de tomar decisiones.

Uno de los problemas actuales no reside en la estructura de títulos sino en el nuevo enfoque sobre la calidad docente en las universidades en las que no se puede decir abiertamente con calificaciones lo que mi amigo el artista flamenco decía claramente: si no quieres esforzarte, renunciar, crecer, sumar, pues no pasa nada, a casa y a otra cosa.

Si la tasa de éxito en una materia es del 15% parece que se cuestiona la calidad docente. Los indicadores de éxito mal formulados en términos de aprobados parece que evidenciarían que no se hacen las cosas bien. ¡Todo lo contrario! Estaríamos trabajando correctamente.

A ello se le suma que los estudiantes dicen tener poca motivación y ninguna satisfacción. Entre otros motivos porque se les manda el falso mensaje de que lo que estudian, el grado o el máster, no tiene valor. ¡Craso error!

Llevamos años inmersos en una crisis económica que no ha impedido en absoluto que los estudiantes que han mostrado interés, esfuerzo, entrega, aquellos que han querido destacar, hayan podido encontrar una oportunidad. Cierto, más o menos cerca de lo que les hubiera gustado, pero han tenido su oportunidad y para satisfacción mía la práctica totalidad han mostrado y demostrado su valía, abriéndose con el paso nuevas puertas y nuevos retos (la vida no es otra cosa).

Quizás lo más importante que quería escribir hoy es que hacer un grado no es estudiar un temario y superarlo con un cinco el día del examen. Hacer un grado es mostrar interés, usar adecuadamente los medios de que se disponen, hacer actividades de voluntariado y cooperación, es tener implicación social, es estudiar otros idiomas, es perder el miedo a emprender y a trabajar en algo nuevo, es interiorizar que se han de tomar decisiones y aprender hacerlo, es trabajar en equipo, es aprender a hablar en público y comunicar, es aprender a defender y argumentar, es aprender a vender, etc. De esta forma, si estudias un grado así, pasarás a formar parte de la élite a la que hacía mención más arriba y de la que tan necesitada está la sociedad si quiere prosperar.

Puedo asegurar que cualquier estudiante que entienda el estudio de un grado como indico en el párrafo anterior, será un afortunado porque saldrá adelante, porque tendrá su oportunidad y lo que es más importante, porque la aprovechará.

Y como no podría ser de otra forma, prometo similares reflexiones cambiando solo una palabra del título: profesores por estudiantes, que no es baladí el asunto.