Vivimos en la era de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) y lo cierto es que según muchos estudios son cada vez más las personas que se encuentran incomunicadas. Paradójica situación se produce cuando no dejamos de oír a diario de la potencia de las tecnologías que disponemos para comunicarnos.

La comunicación tiene componentes perfectamente definidos: emisor, receptor, canal y mensaje. Y sobre estos componentes se producen interacciones e interrelaciones que hacen que la comunicación sea fluida y efectiva, rica y afectiva, cercana y humana.

Escribo estas líneas después de escuchar una noticia sobre el fenómeno de la inadaptación de los marines americanos una vez que abandonan las misiones y regresan a su país para seguir sirviendo, pero en un contexto totalmente distinto.

Uno de los hechos que más me ha llamado la atención es que aseguren que les es mucho más fácil comunicarse en acciones armadas y otras situaciones límites que una vez de vuelta a la sociedad a la que protegen. Insisten que los círculos son cerrados, el interés por compartir limitado y la cercanía muchas veces solo es eso es un espejismo, solo un hecho físico.

Los vecinos, tenderos, barrenderos, policías, conductores, etc., pasan de largo sin compartir a veces ni un saludo, una sonrisa, una pequeña muestra de complicidad.

Esta circunstancia los vuelve locos (a los marines). Dicen no entenderlo, más aún cuando creen que debiera ser fácil hablar con la gente que se supone comparte un proyecto común de sociedad. Desgraciadamente no es así y se muestran impotentes al no ser capaces de intercambiar sentimientos, opiniones o simplemente tiempo (que se puede comunicar sin hablar, con sólo estar).

La potencia de la comunicación oral y no verbal puede ser enorme, pero lo es aún más en situaciones límites en las que del éxito del mensaje depende tu propia vida, o la de tu compañero por quien te has comprometido a velar.

Para ello se gesticula con las manos, se cruzan las miradas (a veces con ojos vidriosos), se adoptan posturas, se susurra e incluso se chilla. Algunas respuestas fisiológicas ayudan al proceso de la comunicación: se suda, nos quedamos helados, nos estremecemos y se nos eriza la piel (cosa que me recuerda la magnífica canción de Juan Manuel Serrat, “De vez en cuando la vida”).

Pues bien, todo ello se pierde cuando hablamos de la comunicación mediante las TIC, cuando decidimos sustituir banalmente la comunicación verbal, para-verbal y corporal por un mensaje de texto, un WhatsApp, un e-mail o una entrada en Twitter o Instagram. Las redes sociales pueden ser tanta, o tan poca, comunicación como una octavilla en el parabrisas de un coche: puede ser quitada por otra persona, se la puede llevar el viento, tirada a la papelera por el dueño del coche o simplemente utilizada para ensuciar las calles.

He mencionado a las octavillas y me ha venido a la mente la utilización que de ellas se hicieron en la Segunda Guerra Mundial por parte de los dos bandos con objeto de tratar de confundir a los extenuados combatientes sobre la realidad de sus países (os adjunto una de las joyas de la propaganda – comunicación nazi).

Las redes sociales y otros instrumentos de comunicación no presencial son una gran herramienta como elemento de apoyo y/o prolongación de la comunicación presencial y es ahí cuando, desde mi punto de vista, tienen sentido y suponen una oportunidad de comunicación adicional.

Utilizo las redes sociales, el e-mail, e incluso esta página web ya que soy consciente de las oportunidades que brindan, pero estoy totalmente convencido que la sociedad sería más justa y amable si se dieran más oportunidades a una conversación que a e-mail, a una mirada que a una entrada de Instagram, a una sonrisa más que a un “like”.