Lo cierto es que para cada entrada que escribo tengo a quién, o a qué echarle la culpa. En este caso se trata del último libro de Arturo Pérez Reverte, Hombres Buenos. No tenéis porqué preocuparos, pues no voy a hacerles un resumen del mismo en el que termine desvelando el final de forma prematura, destrozando cualquier aventura del leer.

El caso es que la narración al caso trenza dos historias, no contemporáneas, cuya relación no ha llegado a convencerme. Cuando conseguía engullirme en una de ellas, la otra irrumpía quebrando el encanto de haberme sentido transportado a otra época, compartiendo momentos, inquietudes y proyectos con los personajes.

Esto me hizo pensar en mi vida como una gran historia llena de pequeñas historias. Me sonreí por el simple motivo de sentirme satisfecho de esa gran historia. Dejando trabajar a la par memoria e imaginación, evoqué recuerdos (algunos vividos y otros que no lo fueron) dándome cuenta que lo realmente importante ha sido todas esas pequeñas historias, dentro de mi historia, que han ido conformando el árbol de mi vida.

Me di cuenta que he tenido la suerte de contar con grandes protagonistas (muchos de ellos familia y amigos), figurantes, tramoyistas, excelentes escenarios y sobre todo, grandes guiones que tuve a bien olvidar para tener que improvisar como solo te pide la vida.

Han sido muchas historias, muchas de ellas con finales felices, otras con desenlaces menos deseados, pero consciente que de todas ellas he aprendido, esculpiéndome tal y como soy, y espero, tal y como me veis.

Quizás la reflexión más importante que de todo esto me queda es que todas las historias cuentan (aunque de primeras tengamos la misma sensación que yo he tenido al leer Hombres Buenos). Y por eso debemos entregarnos al cien por cien a cada una de ellas, por simple e intrascendente que parezca. Se lo merecen los finales deseados, los amigos con quienes compartimos guiones y la familia con la que improvisamos con la complicidad de arañar sonrisas que nos dejen entrever momentos de felicidad.

Las historias, todas las historias, son irrepetibles. Nunca podremos a volver a vivirlas. Por eso, cuando tengamos otra pequeña historia delante, lo olvidemos ponerle toda la ilusión y voluntad posible. Conscientes de que se trata de un estreno, pero de una representación que solo tendrá una función.