El pasado 15 de octubre de 2014, la Comunidad Autónoma de la Rioja publicó el Decreto 26/2014, de 27 de junio, por el que se declara Bien de Interés Cultural de carácter inmaterial del patrimonio cultural del milagro del ahorcado y del gallo y la gallina de Santo Domingo de la Calzada. Siendo este último patrón de los “camineros” y dada la singularidad y gracia del texto que se nos ha ido legando con el paso de los tiempos, me he permitido la reproducción literal del mismo.

“ Cuenta la tradición que a finales del siglo XIII o principios del XIV (López de Silanes 1085, 162) llegaron a Santo Domingo de la Calzada, procedentes de Centroeuropa con dirección a Santiago de Compostela, tres peregrinos: matrimonio y un hijo, entre joven y adolescente, muy bien parecido. Llegados a la ciudad calceatense y después de la ansiada visita, como verdaderos peregrinos, a la tumba del Santo, como indicaba y urgía el Códex Calixtinus, posaron el cansancio de su andadura en uno de los abundantes mesones del lugar. Circunstancia que desvela la holgada posición económica de los fieles caminantes. No podían, sin embargo, imaginar en la seguridad que despedía el calor del fogón posadero que con los primeros destellos del amanecer, el reposo despertaría en pesadilla. Topáronse en él con una bella doncella, hija de los mesoneros, de mejor parecer que recato, que, nada más ver a los huéspedes, comenzó a urdir en su corazón cómo barajar la inocente y casta apariencia del joven Hugonell que, al parecer, tal era el nombre del rubio teutón. Empujada por tan ardiente pasión, declaró al joven peregrino, con el mayor abandono de toda pudicia y honestidad, su amor y deseos. Pero, el desenmascarado descaro de la rapaz fue totalmente ignorado por la virtuosa sensatez del joven, despreciando varias veces, a pesar de lágrimas y ruegos, la lasciva propuesta. Y el despecho de la moza deshizo su coraje en criminal estratagema: determinó esconder en el zurrón del inocente peregrino una taza de plata del mesón.

Todavía sin romper el alba, padres e hijo, satisfechos en su devoción por la cercanía de Domingo y orgulloso el joven por el triunfo y reciedumbre de su virtud, reanudaron su peregrinaje y, cuando ya los supuso fuera de la ciudad, consumó la impúdica y libertina moza su infame traición: comenzó a gritar, acusando de robo al casi todavía adolescente peregrino.

Movilizados vecinos y autoridades y reconocidos los peregrinos en el ya no, para ellos, sereno despuntar del día, encontraron, como gritara la aviesa despechada, la pieza de plata en el equipaje del mozo. Detención, juicio y ejecución de sentencia, mediante ahorcamiento, no se hicieron esperar pues, entonces como ahora, la injusticia siempre aparenta rigor y fuerza con el débil, allanándose, servil, ante el rico y los poderosos. Y estuvieron los oídos de la justicia más cerrados a las proclamas y súplicas del inocente que lo que sordos habían sido los de la virtud a la insidia del vicio. Desconsolados quienes días antes se habían arrodillado, junto a su hijo, en el sepulcro del Santo buscando el auxilio peregrino de su mano protectora, antes de continuar la ofrecida peregrinación, convertida en desconsolada soledad, acudieron a dar su último y definitivo adiós al hijo que todavía pendía del patíbulo, para escarmiento de malhechores y delincuentes. Pero, el penoso desconsuelo se trocó en incontenible dicha cuando el injustamente ajusticiado les habló instándoles a acudir a las autoridades, pues el glorioso Santo Domingo, sosteniéndolo por los pies, había impedido su muerte.

Con la nueva y la sorpresa, acudieron ante quien ejercía la jurisdicción en aquella merindad que , una vez enterado del extraordinario relato, les espetó, entre incrédulo, irónico y sarcástico, que su hijo estaba tan vivo como aquellas aves bien asadas de las que se disponía a dar buena cuenta. Y, antes de que terminara su frase, las aves se revistieron de plumas, de un salto abandonaron la fuente del festín y, ante la sorpresa de comensales y curiosos, por el suceso, se pusieron a cantar.

Las aves fueron llevadas a la Catedral en solemne recuerdo del acontecimiento, los peregrinos continuaron su camino hacia la tumba del Apóstol y durante muchos años quienes ejercían la función judicial en la ciudad de Santo Domingo de la Calzada debían llevar un cinturón rojo como recuerdo imperecedero de la injusticia obrada por aquel magistrado del milagro y, del mismo modo, debía sentar todos los días a un peregrino o a un pobre a su mesa, como perenne testimonio de la protección que el Santo seguía procurando sobre quienes, inermes y humildes, se acogen a su patrocinio. Y a partir de aquel suceso quienes, caminaban hacia Santiago consideraron siempre positivo augurio de feliz peregrinaje el contacto con el milagro. Por ello pugnaban por conseguir alguna de las plumas, desprendidas del gallinero catedralicio entre cantos de aleteo y cacareos madrugadores, que, orgullosos, colocaban en sus sombreros. Mudo e incontestable testimonio de esta práctica y devoción seculares siguen siendo hoy las profundas mellas producidas en la piedra del monumental gallinero por el continuo roce de palos y bastones de peregrinos que espantaban a las aves para que del provocado sobresalto también cayeran plumas protectoras “.

 

SantoDomingo