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eSperanza

eSperanza

Esta es quizás la más importante de las pestañas de este sitio web. Aunque pudiera parecer que excede el ámbito académico propio de un profesor de universidad, personalmente creo que no es así, incluso, es esencial para la formación de los futuros universitarios.

Me refiero a la implicación cierta y práctica en actividades que hagan de este mundo algo más justo, y por ende mejor. En mi caso personal y tras interesantísimas experiencias tanto familiares como académicas, he apostado por lo que hemos llegado a llamar el Proyecto Esperanza. Proyecto que comparto, entre otras personas, con Belén.

Belén es una antigua alumna de la Escuela de Caminos, que defendió un proyecto fin de carrera basado en la cooperación al desarrollo, apasionante, como fue su tiempo dedicado durante muchos meses a sacarlo adelante. Posteriormente siguió trabajando para conseguir un techo para dos familias que había conocido en el Perú. Para ello,  diseñó y vendió unos calendarios llenos de vivencias personales. Su forma de actuar, de ver las cosas y de querer cambiar aquello con lo que no estaba de acuerdo por injusto, dio sentido a la frase de E. Burke: Nadie comete mayor error que aquel que no hace nada ‘porque solo podría hacer un poco.

Ella no quiso cometer el error de no hacer nada y os aseguro que que lejos de poner solo un granito de arena ha conseguido sensibilizar a muchos de los miembros de nuestra comunidad universitaria.

Cada una de las letras de la palabra Esperanza se corresponderán con un proyecto concreto, de cooperación, ayuda y comprensión, centrado en alguna comunidad necesitada del continente africano.

Éste año ya es el segundo año y hemos apostado por un Centro de Salud para la Comunidad Miadampahonina, en Madagascar. Nos encontramos en la letra «S» de eSperanza.

Para recaudar fondos, además de las aportaciones personales de quien creemos en el proyecto, se ha organizado un concierto – gala benéfica en el próximo 8 de abril, a las 19:00 en la ETS de Ingenieros de Caminos de la Universidad de Granada, del que os adjunto el cartel.

Madagascar_1

Esperanza

La primera de las letras, la «E» la dedicamos el año pasado a construir un pozo en el pueblecito de Goumori, en Benin, limitando con la frontera de Burkina Faso.

Tenían serios problemas con el agua, el pozo existente no aguantaba las épocas de estío y el barro lo hacía difícilmente potable. Era necesario agrandarlo, en profundidad y diámetro, asegurando así más agua y de más calidad.

Y con la cooperación y el empuje de todos a los que nos caló la frase “TODOS somos importantes, TODOS podemos ayudar”, se ha concluido hace no mucho.

Como en cualquier proyecto, es necesario un motor que empuje e insista en el objetivo, y es en este punto en el que debo expresar mi gratitud nuevamente a María Belén y al Padre Rafael, persona vinculada a la ONG Sociedad de Misiones Africanas. De esta buena gente hablare en otro momento, porque realmente creo que se lo merecen y la razón es bien sencilla: renuncian a lo cómodo para hacer lo importante y ésta es una de las lecciones más importantes que todo ser humano, en cualquier momento y situación de su existencia, debiera tener presente.

Con la satisfacción de verlo hecho realidad, os dejo unas fotos. El procedimiento constructivo, aunque rudimentario, asegura una terminación de muy buena calidad. También os adjunto el presupuesto de la actuación.

Por supuesto que no será la última aventura en la que nos embarquemos, porque algo nos ha quedado claro: se pueden hacer cosas y por eso hay que hacerlas.

Pozo Gouromi

Un «buen» profesor

Muchos de los que nos dedicamos a la docencia tenemos siempre la inquietud de saber si el trabajo que hacemos está valiendo, si nuestros alumnos están adquiriendo los conocimientos y las competencias que nosotros deseamos. Esa duda siempre está ahí, y lo cierto que cualquier feed-back que recibimos, lo recibimos siempre con entusiasmo, tenga el sentido que tenga porque, cuando menos, nos mostrará que ha habido interés por la otra parte, y eso no es poco.

Uno trata siempre de mejorar y para ello he realizado una pequeña investigación sobre que es realmente un buen docente (he de reconocer que no he renunciado a incluir también en la búsqueda «un buen maestro», ya que para mi esta palabra encierra una valor adicional que realmente no se explicar).

Una lista no excluyente sería:

  • Características y rasgos personales
    • Cordialidad y cercanía
    • Entereza y autoridad
    • Paciencia
    • Entusiasmo y entrega
    • Humildad
    • Facilidad de comunicación
    • Creatividad y decisión
    • Ser abierto y reflexivo
    • Capacidad de trabajo
    • Seguridad en sí mismo
  • Características y rasgos profesionales
    • Buena preparación y disposición a la formación continua
    • Capacidad investigadora
    • Habilidad manual
    • Capacidad de organización y planificación
    • Observador-orientador
    • Capacidad de evaluación
    • Motivador
    • Responsabilidad

Lo cierto es que lo primero que se me ha ocurrido ha sido pensar «¡Qué dificil profesión!», aunque a la vista de la lista anterior lo siguiente que me ha llegado a la mente es «¡Que necesaria es la vocación!».

Lamentablemente, en el ámbito universitario se han olvidado completamente estas exigencias para formar parte del Personal Docente e Investigador, y esto se traduce a la larga, en situaciones que son las mismas que vive una persona que ejerce la medicina sin tener vocación: desmotivación, y por ende, insatisfacción por parte de los facultativos y los pacientes.

Tengo la suerte de que en mi entorno más inmediato tengo compañeros con un gran vocación docente, con una gran implicación en la mejora continua de docencia y que todos los años, en todas las clases, se hacen las reflexiones que todo buen docente debe hacerse: ¿está bien orientada?, ¿es lo que necesitan?, ¿sabré impartirla de una forma correcta?. Todo ello se traduce muchas veces en ciertos nervios e inquietud, que no son otra cosa que la expresión de una responsabilidad bien entendida.

Para ya concluir, si algo tengo claro en el campo de la docencia es que «hace más quien quiere, que quien puede«. Las dudas que a veces asaltan a mi amiga Begoña sobre si se está o no suficientemente preparada para impartir una u otra materia quedan solventadas son la siguiente frase:

BuenProfesor

La COMUNICACIÓN…

He incluido en mis clases de proyectos algunos apuntes sobre el tema de la «comunicación». Y tan importante la considero que pueden dar al traste con los mejores proyectos, los mejores planes y las mejores obras.

Lo cierto es que cuando falla la comunicación cualquier relación humana, ya sea laboral, profesional o personal, se hace imposible.

La comunicación tiene una estructura formal: emisor, receptor, canal/medio y mensaje, y todo ello puede encajar o no.

Aprovecho este principio de año para permitirme una licencia y utilizar un video que me ha encantado porque, de una mala comunicación se pueden sacar multitud de conclusiones erróneas:

El agua, un «derecho»… ¿Por qué no ayudar a tenerlo?

Bueno, si recordáis una entrada anterior sobre mi experiencia con una antigua alumna de la Escuela, María Belén, y la Cooperación (las dos con mayúsculas porque han de ser grandes), me comprometí a ayudarle a hacer realidad pequeños proyectos que supusieran un avance en la calidad de vida de los más necesitados.

Quizás porque la memoria de mi tía Aurora esté aún muy presente, la única condición que debía cumplir el proyecto era que se localizara en África. Aquí os dejo una fotografía de uno de los últimos detalles mágicos que me mandaron desde una de las misiones en donde estuvo mi tía Aurora (si os fijáis, el cuadro está hecho con alas de mariposas, wouu).

IMG_20150727_080711Finalmente, nos decidimos a ayudar a una pequeña población llamada Goumori, en Benin, limitando con la frontera de Burkina Faso.

Tenían serios problemas con el agua, el pozo existente no aguantaba las épocas de estío y el barro lo hacía difícilmente potable. Era necesario agrandarlo, en profundidad y diámetro, asegurando así más agua y de más calidad.

Y con la cooperación y el empuje de todos a los que nos caló la frase «TODOS somos importantes, TODOS podemos ayudar», se ha concluido hace no mucho.

Como en cualquier proyecto, es necesario un motor que empuje e insista en el objetivo, y es en este punto en el que debo expresar mi gratitud nuevamente a María Belén y al Padre Rafael, persona vinculada a la ONG Sociedad de Misiones Africanas. De esta buena gente hablare en otro momento, porque realmente creo que se lo merecen y la razón es bien sencilla: renuncian a lo cómodo para hacer lo importante y ésta es una de las lecciones más importantes que todo ser humano, en cualquier momento y situación de su existencia, debiera tener presente.

Con la satisfacción de verlo hecho realidad, os dejo unas fotos. El procedimiento constructivo, aunque rudimentario, asegura una terminación de muy buena calidad. También os adjunto el presupuesto de la actuación.

Por supuesto que no será la última aventura en la que nos embarquemos, porque algo nos ha quedado claro: se pueden hacer cosas y por eso hay que hacerlas.

Pozo Gouromi

Historias, dentro de nuestra historia

Lo cierto es que para cada entrada que escribo tengo a quién, o a qué echarle la culpa. En este caso se trata del último libro de Arturo Pérez Reverte, Hombres Buenos. No tenéis porqué preocuparos, pues no voy a hacerles un resumen del mismo en el que termine desvelando el final de forma prematura, destrozando cualquier aventura del leer.

El caso es que la narración al caso trenza dos historias, no contemporáneas, cuya relación no ha llegado a convencerme. Cuando conseguía engullirme en una de ellas, la otra irrumpía quebrando el encanto de haberme sentido transportado a otra época, compartiendo momentos, inquietudes y proyectos con los personajes.

Esto me hizo pensar en mi vida como una gran historia llena de pequeñas historias. Me sonreí por el simple motivo de sentirme satisfecho de esa gran historia. Dejando trabajar a la par memoria e imaginación, evoqué recuerdos (algunos vividos y otros que no lo fueron) dándome cuenta que lo realmente importante ha sido todas esas pequeñas historias, dentro de mi historia, que han ido conformando el árbol de mi vida.

Me di cuenta que he tenido la suerte de contar con grandes protagonistas (muchos de ellos familia y amigos), figurantes, tramoyistas, excelentes escenarios y sobre todo, grandes guiones que tuve a bien olvidar para tener que improvisar como solo te pide la vida.

Han sido muchas historias, muchas de ellas con finales felices, otras con desenlaces menos deseados, pero consciente que de todas ellas he aprendido, esculpiéndome tal y como soy, y espero, tal y como me veis.

Quizás la reflexión más importante que de todo esto me queda es que todas las historias cuentan (aunque de primeras tengamos la misma sensación que yo he tenido al leer Hombres Buenos). Y por eso debemos entregarnos al cien por cien a cada una de ellas, por simple e intrascendente que parezca. Se lo merecen los finales deseados, los amigos con quienes compartimos guiones y la familia con la que improvisamos con la complicidad de arañar sonrisas que nos dejen entrever momentos de felicidad.

Las historias, todas las historias, son irrepetibles. Nunca podremos a volver a vivirlas. Por eso, cuando tengamos otra pequeña historia delante, lo olvidemos ponerle toda la ilusión y voluntad posible. Conscientes de que se trata de un estreno, pero de una representación que solo tendrá una función.

Sobre el tiempo, las prisas… y la vida

Mi buen amigo Victor, conocedor de que soy persona que entra al trapo con facilidad, me mandó un artículo, adelanto de una futura publicación de título “Vivir deprisa no es vivir, es sobrevivir”, de Carl Honore. Sabía que era solo cuestión de tiempo que me animase a escribir unas nuevas líneas sobre el tema, en absoluto baladí, y que condiciona ya no solo nuestra forma de vida, sino el cómo vivimos.

Y como anillo en dedo, como horma al zapato, ha coincidido con unas semanas en mi vida en las que he podido ralentizar el ritmo diario, la velocidad de crucero, olvidar las malas consejeras prisas y el creer que no se puede parar.

Lo cierto es que los momentos se disfrutan cuando el tiempo no les achucha, cuando dejamos oír lo que pasa, cuando dedicamos los sentidos a disfrutar lo que la vida nos brinda. Y para ello, tenemos que, de forma elegante y a la vez tajante, decirle a las prisas, como si fuésemos Mariano José de Larra, “vuelva usted mañana”.

Las prisas, lo mismo que la velocidad, pueden ser el enemigo número uno de la vida, como lo son de la fotografía, capaz de echar a perder el mejor de los momentos inmortalizándolo como un borrón, como una mezcla de colores sin sentido alguno. En el artículo que cito no destierra totalmente la velocidad, pero nos invita a usarla cuando es necesaria y por supuesto, de forma limitada en el tiempo.

reloj-blando-de-salvador-dali-Los relojes blandos. Salvador Dalí (1931)

Es ahora cuando me acuerdo de mi hijo Germán, al que le insisto a menudo con que «el jugador de baloncesto más rápido no lo es porque siempre vaya veloz, sino porque emplea la velocidad cuando hace falta». Entendida así, la velocidad enriquece, aporta y añade valor. Por contra, una velocidad mantenida nos hace previsibles, monótonos, agota nuestras reservas y por supuesto cautivos de la ecuación espacio–tiempo, y es entonces cuando la vida deja de tener el sentido profundo que la hace irrepetible.

La vida es la suma de momentos, y estos momentos son más grandes cuanto menor es la velocidad con las que los vivimos. Necesitamos poder sentir, respirar, disfrutar y compartir los momentos que nos dirán que vida hemos tenido, y para eso necesitamos todo menos prisa.

Estoy convenido que saber usar la vida es darle tiempo a los momentos que se nos brindan. Quizá por ello hay una canción de Joan Manuel Serrat, seguro que escrita sin prisas, a la que le tengo especial cariño y que dice:

De vez en cuando la vida
afina con el pincel:
se nos eriza la piel
y faltan palabras
para nombrar lo que ofrece
a los que saben usarla.

Espero que no tuvieseis tanta prisa como para no llegar a estas últimas líneas. Líneas que son de agradecimiento a todos aquellos que me invitáis a hacer cosas, y a vivir momentos… despacio.

Párate a pensar… Merece la pena

La reflexión, la pausa, la meditación, siempre han sido elementos esenciales en el desarrollo del ser humano. Contradictoriamente, como nuestra propia naturaleza, cuando le hemos arañado un puñado de años a nuestra esperanza de vida y disponemos de más años, vivimos con la sensación de no poder parar apenas un minuto a riesgo de que la vida se nos vaya entre los dedos como trago de agua cogido en la fuente.

Y si hay algo que merece la pena es eso, el pararse e imaginar dónde queremos ir, adónde queremos llegar y lo que es más importante, cómo queremos hacerlo (la vida no tiene sentido como meta a alcanzar, sino como camino que recorrer).

Hace no mucho tiempo, uno de mis alumnos, en una conversación sobre el qué hacer y cómo hacerlo, me hablaba de sus limitadas opciones… ¡A los veintidós años! … Insistía en que las decisiones que tomó a los dieciocho ya lo condicionarían de por vida. Craso error.

Toda una vida por delante, mil caminos por recorrer, mil decisiones que tomar, que errar, que superar, de las que aprender. Quizás por deformación profesional defiendo a capa y espada qué es a la reflexión y a la toma de decisiones a la que hay que dedicarle tiempo, y tiempo de calidad.

Y por supuesto, nunca es tarde si nuestro día a día no es lo que queremos. Si nuestro día a día no es lo que soñábamos.

Vivimos en un mundo lleno de oportunidades, a las que hay que «darles una oportunidad». Tómate tu tiempo, para y piensa. Lo mismo lo que tienes delante es un cruce de caminos en el que, si eres valiente, puedes iniciar el camino que siempre añoraste. Tenemos miedo a los cambios (miedo que con los años crece), pero más miedo debemos tener a las decisiones que no tomamos, e incluso a las oportunidades que ni nos imaginamos.

Se valiente, si tu presente no te gusta, si lo que estudiaste no te llena, si la profesión no te atrae, decídete a romper con lo que crees que te condiciona de por vida. Y hazlo desde una reflexión interior, ayudado por la gente que te rodea, pero siempre en primera persona.

D. Santiago Ramón y Cajal… Un siglo después

En esta ocasión, de nuevo, se trata de una actividad universitaria a todas vistas tediosa. Se celebraba un Claustro de la Universidad de Granada en la que el Defensor Universitario, D. Enrique Hita, presentaba su último informe como tal.

Al margen de su peculiar y conocida por todos forma de exponer las cosas (con continuos apuntes de sentido del humor que no hacen otra cosa que señalar la inteligencia del que habla), hizo referencia a D. Santiago Ramón y Cajal, científico e investigador español reconocido en 1906 con el Premio Nobel en Fisiología o Medicina. La cita tan acertadamente traída venía a decir «Unas veces faltan recursos y demasiadas otras, lo que sobra es la miseria de voluntades«.

Ciertamente, transcurrido más de un siglo, la afirmación de D. Santiago está realmente vigente. Antes de comenzar a trabajar acostumbramos a descolgarnos con un pliego de condiciones para dar nuestro primer paso que son muchas las ideas y los proyectos que no pasan de eso.

Si nos retraemos a la época histórica en la que el insigne investigador desarrolló su trabajo podremos ser conscientes de lo limitado de sus recursos y de las pocas condiciones de partida que podía plantear. Su mejor recurso: la ilusión por crecer en el conocimiento y de ponerlo a disposición de la sociedad, a la que entendía que se debía, como hombre de ciencia.

Nos hemos dedicado a formular cartas de derechos y obligaciones para estudiantes, trabajadores, usuarios, ciudadanos, peatones, conductores y otros agentes sociales en los que la primera columna desborda a la segunda. Desgraciadamente, un sencillo ejercicio aritmético nos recuerda lo insostenible de una sociedad en la que el número de derechos supera al de las obligaciones. Y si bien coyunturalmente  el modelo ha parecido funcionar, solo ha sido eso, flor de un día.

Junto con la anterior cita, quisiera recordar otra del mismo ilustre personaje que no es otra cosa que un canto a la perseverancia: «Quien desee firmemente poseer talento, acabará por tenerlo«. No por falta de recursos o por circunstancias y condiciones de contorno desistamos en lo que creemos. Un gran ejemplo de ello fue Nelson Mandela, quien después de veintisiete años en prisión siempre perseveró en su sueño, la igualdad de los hombres en su querida Sudáfrica.

Creo que la sociedad es tan rica como decide serlo. Y la forma de medir dicha riqueza no es otra que contar con las voluntades de todos y cada uno de nosotros.

TODOS somos importantes, TODOS podemos ayudar

Si somos conscientes de ello, la vida nos brinda multitud de ocasiones para aprender lecciones de calado en momentos y de personas que no nos las esperamos. Quizá porque se presenten en lugares o en circunstancias de las que esperamos solo una rutina más.

María Belén es una antigua alumna de la Escuela de Caminos, que defendió un proyecto fin de carrera basado en la cooperación al desarrollo, apasionante, como fue su tiempo dedicado durante muchos meses a sacarlo adelante.

Posteriormente siguió trabajando para conseguir un techo para dos familias que había conocido en el Perú. Para ello,  diseñó y vendió unos calendarios llenos de vivencias personales. Su forma de actuar, de ver las cosas y de querer cambiar aquello con lo que no estaba de acuerdo por injusto, dio sentido a la frase de E. Burke: «Nadie comete mayor error que aquel que no hace nada ‘porque solo podría hacer un poco’ «.

Ella no quiso cometer el error de no hacer nada y os aseguro que que lejos de poner solo un granito de arena ha conseguido sensibilizar a muchos de los miembros de nuestra comunidad universitaria.

Africa

Lo cierto es que a raíz de esta experiencia he querido retomar mi pequeña colaboración (la mía y la mi familia), especialmente con los más desprotegidos en el continente africano, donde mi tía Aurora dedicó toda una vida a precisamente eso.

Para ello, y siempre con la inestimable colaboración de María Belén, he contactado con un buen hombre, el Padre Rafael, persona vinculada a la ONG Sociedad de Misiones Africanas, junto con quien nos hemos marcado el modesto objetivo de construir un pozo de agua potable en alguna de las muchas aldeas de Begin (África).

La colaboración de todos es posible y para los que queráis poner vuestro granito de arena  encontraréis en la web de la ONG la forma de materializar vuestra ayuda.

Hace poco leí una frases que me hizo reflexionar sobre nuestra aldea global, sobre la necesidad de la cooperación  y sobre la justicia social tan necesaria en los tiempos que corren. Decía tal que así:  El mundo es lo suficientemente grande y rico para que vivamos todos dignamente, pero es lo suficientemente pequeño para la avaricia de unos pocos.

Estoy totalmente convencido de que un mundo un poquito mejor es posible pero, como en todos los proyectos, un camino se comienza con un primer paso, así que no nos pensemos más nuestro primer paso y démoslo convencidos de que lo que hagamos valdrá seguro.

Otra forma de hacer las cosas

La vida la llenamos de deseos, de aspiraciones, de objetivos, de metas,… Muchos de ellos, no sé bien porqué, los dejamos pasar sin hacer otra cosa que haberles dedicado un pequeño momento en nuestro pensamiento, o en nuestro corazón.

Sólo unos pocos son los agraciados, los elegidos, los únicos que son dispuestos en la parrilla de salida de nuestras acciones con la fé de conseguirlos tras emplear todas las fuerzas (o eso creemos).

Pero estas líneas no quieren hablar o contar lo importante que es el acometer las cosas con ilusión, empuje y fe. Hoy quiero escribir sobre cómo podemos hacer las cosas, y como transmitimos parte de nuestro ser, de nosotros, en esos momentos en los que “estamos haciendo”. Arrancan nuevamente estas líneas después de ver otro corto de animación, de título “La Luna”, producción de Disney Pixar.

https://www.youtube.com/watch?v=eObbU-uUaa0

Comparten escena nada más y nada menos que tres generaciones (uno de los mayores regalos que nos puede brindar la vida, lo digo por experiencia). Cada una de ellas con sus años a cuestas, alguna con menos, otra con más, pero todas participando de la complicidad que da el haber compartido momentos y vivencias.

Una simple tarea, barrer, es acometida de muy distinta manera por cada una de las dos generaciones predecesoras, utilizando distintas herramientas y realizando muy distintos movimientos. Ambas consiguen limpiar aquellas zonas que han de estar despejadas. Las formas de trabajar nos identifican de manera tan evidente que incluso nos pueden inducir a mimetizarnos con ellas.

El problema surge, si puede llamarse problema, cuando los dos mayores tratan de que el más joven acometa la gran tarea de barrer. Se esfuerzan es mostrarle que su técnica y método son únicos e insuperables.

Lo cierto es que, como para casi todo en la vida, existe una tercera y válida forma de hacer las cosas (seguro que muchas más).

Parecería obvio e inmediato pero el muchacho es capaz de realizar lo que deseaba por varias razones: fue capaz de observar, de analizar, de reflexionar y en definitiva de abordar de una forma positiva y emprendedora con objeto de encontrar soluciones (ya no solo para barrer).

Son muchas las formas de calarse una gorra, es más, podemos optar por no llevarla, pero lo cierto es que es necesario sumar, por poco que sea, para que ésto siga creciendo en la dirección deseada.